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Historias · ciencia

Charles Darwin y sus perros: cómo Polly inspiró su libro sobre las emociones

Charles Darwin tuvo perros toda su vida. Su terrier Polly dormía en su estudio y aparece en La expresión de las emociones (1872), el libro donde observó al perro para entender al ser humano.

· Actualizado 4 de junio de 2026

En la historia de los perros de personajes célebres hay perros de reyes, de actrices y de futbolistas. Y luego está Polly, un fox terrier que dormía junto a la chimenea del estudio de Charles Darwin mientras él escribía. Polly no movió mercados ni salió en el cine. Hizo algo más raro: ayudó a uno de los científicos más influyentes de la historia a entender cómo expresamos las emociones los seres humanos. Esta es la historia de un naturalista que pasó toda su vida rodeado de perros y que terminó usándolos como ventana hacia la mente.

Un hombre rodeado de perros desde niño

Darwin convivió con perros prácticamente desde la infancia. En su autobiografía recordaba su afición temprana a la caza y a los animales, y en sus años de estudiante en Cambridge tuvo un pointer llamado Dash con el que salía al campo. Los perros aparecen una y otra vez en sus cartas: nombres como Bob, Pincher, Nina, Spark o Bran salpican la correspondencia de la familia, según ha documentado el Darwin Correspondence Project de la Universidad de Cambridge.

No era simple cariño. Darwin observaba a los perros con la misma atención minuciosa que dedicaba a las orquídeas, a los percebes o a las lombrices. Para él un perro echado en la alfombra era un experimento permanente sobre cómo funciona la mente animal. Y esa costumbre de mirar de cerca acabó teniendo consecuencias en su obra.

Polly, la perra de su hija que se quedó con él

Polly llegó a la casa de Darwin, Down House, de una manera curiosa. Era originalmente la perra de su hija Henrietta (Etty para la familia). Cuando Henrietta se casó y se fue a vivir a su propio hogar, la fox terrier se quedó en Down y se convirtió en la compañera del padre.

A partir de ahí Polly se pegó a Darwin. Lo acompañaba en sus paseos diarios por el "Sandwalk", el sendero de arena que el naturalista recorría una y otra vez para pensar. Y cuando él pasaba horas encerrado en el estudio escribiendo o recuperándose de sus frecuentes problemas de salud, la perra descansaba en una cesta junto a la chimenea. Su hijo Francis Darwin, que escribió la biografía de su padre, recordó lo tierno que era Darwin con ella y la paciencia con que atendía sus demandas de atención.

El vínculo fue tan fuerte que tuvo un final casi novelesco: Darwin murió el 19 de abril de 1882 y Polly murió pocos días después. La enterraron en el jardín de Down House, al pie de un manzano.

El libro donde el perro explica al ser humano

En 1872, el editor londinense John Murray publicó La expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Llegaba trece años después de El origen de las especies (1859) y era, en cierto modo, una pieza incómoda del rompecabezas evolutivo. Si los humanos descendemos de antepasados comunes con otros animales, nuestras emociones (y la forma de mostrarlas) deberían tener también una historia evolutiva y rasgos compartidos con otras especies.

Para sostener ese argumento Darwin necesitaba ejemplos concretos de animales que expresaran estados de ánimo. El perro doméstico, con el que llevaba conviviendo toda la vida y al que tenía a un metro mientras escribía, era el testigo perfecto.

El libro fue además pionero en otro sentido: incluyó fotografías reales para ilustrar las expresiones, algo poco habitual en la época. Buena parte de las imágenes las preparó el fotógrafo Oscar Rejlander. Una de ellas, la Figura 4, lleva el pie "Perro pequeño observando a un gato sobre una mesa", una escena de atención canina concentrada que cualquiera que tenga perro reconocerá.

El principio de antítesis: el perro hostil y el perro sumiso

La aportación más recordada del libro, y la que el perro ilustra mejor, es el principio de antítesis. Darwin lo enunció como una de sus tres reglas generales de la expresión, junto al principio de los hábitos asociados útiles y a la acción directa del sistema nervioso.

La idea es elegante. Cuando un perro se siente hostil hacia un extraño, adopta una postura: camina rígido y erguido, levanta la cabeza, eriza el pelo del lomo y mantiene la cola tiesa. Si de pronto reconoce a su dueño, todo se invierte de golpe. El cuerpo se hunde, casi se agacha, las orejas caen, y la cola baja y se mueve a un lado y a otro. Para Darwin, ese segundo conjunto de gestos no tenía por sí mismo ninguna utilidad práctica: aparecía simplemente porque era lo opuesto a la postura de amenaza. Estados mentales contrarios generan movimientos corporales contrarios. Eso es la antítesis.

Lo interesante para un lector de hoy es que la descripción sigue siendo perfectamente válida. Un perro que se relaja y se hace pequeño ante alguien de confianza está haciendo, según la etología moderna, una señal de apaciguamiento. Darwin lo describió con un siglo y medio de adelanto, mirando a sus propios perros.

La "cara de invernadero": una emoción cazada al vuelo

El ejemplo más entrañable del libro lo protagonizó otro perro de la familia, Bob. Darwin observó que cuando salía a pasear y el animal pensaba que iban hacia el invernadero (un destino que le encantaba), se ponía feliz. Pero si Darwin se desviaba del camino hacia otro lugar, la decepción del perro era inmediata y visible: la cabeza colgando, las orejas y la cola cayendo de golpe. El gesto era tan reconocible que toda la familia lo había bautizado como la "hot-house face", la "cara de invernadero".

Ese pasaje resume el método de Darwin mejor que cualquier teoría. No partía de un laboratorio ni de un cuestionario: partía de la convivencia diaria, de fijarse en cómo se desmoronaba la cara de un perro al que le acababan de aguar la ilusión del paseo.

Por qué importa hoy lo que vio Darwin en sus perros

La expresión de las emociones defendía una idea que entonces resultaba provocadora y que la ciencia posterior ha confirmado en buena parte: muchas expresiones emocionales son innatas y compartidas entre especies, no inventos culturales aislados. Darwin escribió en la introducción que un mismo estado mental se expresa por todo el mundo "con notable uniformidad". El estudio moderno de las emociones, desde la psicología hasta la etología, debe mucho a esa intuición.

Para quien convive con un perro, el mensaje de fondo es muy actual. Cuando tu perro baja las orejas, agacha el cuerpo o mueve la cola de cierta manera, no está haciendo teatro ni "imitando" a un humano. Está usando un repertorio de señales con raíces evolutivas profundas, el mismo que Darwin describió mirando a Polly y a Bob. Aprender a leerlo es, en gran medida, aprender a leer a tu perro.

El fox terrier, la raza de Polly

Polly era un fox terrier, una de las razas terrier clásicas británicas, criada originalmente para acompañar a la caza del zorro y desenterrar presas. El American Kennel Club describe a los fox terrier (en sus variedades de pelo liso y de pelo duro) como perros vivaces, valientes y muy alerta, con una energía considerable para su tamaño compacto.

Algunos rasgos generales de la raza:

  • Tamaño: pequeño, en torno a 7-8 kg, con una altura a la cruz de unos 36-39 cm según el estándar.
  • Carácter: despierto, audaz y muy activo; un terrier de trabajo con instinto cazador marcado.
  • Energía: alta; necesita ejercicio diario y estímulo mental para no aburrirse.
  • Esperanza de vida: larga para un perro, habitualmente entre 12 y 15 años.

Que un perro así fuera la compañía elegida de un hombre enfermizo y sedentario tiene su gracia. Mientras Darwin trabajaba en silencio, Polly representaba justo el tipo de energía y carácter que él tanto disfrutaba observar.

Un legado con cuatro patas

La relación de Darwin con los perros deja una lección que no ha envejecido: la mejor manera de entender el comportamiento animal es la observación paciente y honesta, sin proyectar fantasías ni despreciar lo que el animal nos muestra. Darwin no necesitó tecnología para describir el lenguaje corporal canino con una precisión que sigue vigente. Solo necesitó mirar bien, durante años, a los perros que tenía al lado.

Polly murió pocos días después que su dueño, en la primavera de 1882. Es difícil no leer en ese detalle algo del vínculo que el propio Darwin había dedicado su vida a estudiar.

Fuentes consultadas

  • Darwin, Charles (1872). The Expression of the Emotions in Man and Animals. John Murray, Londres. Texto íntegro en Project Gutenberg y Darwin Online.
  • Darwin Correspondence Project (University of Cambridge): Darwin and dogs. darwinproject.ac.uk
  • Darwin, Francis (ed., 1887). The Life and Letters of Charles Darwin. John Murray.
  • American Kennel Club: Smooth Fox Terrier breed standard. akc.org