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Personajes históricos y sus perros: doce historias verificadas, de Goya a Sigmund Freud
Del perro de Goya al carlino que mordió a Napoleón en su noche de bodas. Doce historias documentadas, de María Estuardo a Lord Byron y Carlos V.
En la sala 67 del Museo del Prado hay una pintura que durante un siglo se interpretó como una metáfora del fin del mundo. Una cabeza canina asoma sobre un talud ocre, mira hacia arriba y a su alrededor solo hay un vacío inmenso. Es Perro semihundido, de Goya, hacia 1820. Hasta que en 1874 el fotógrafo Jean Laurent retrató los muros de la Quinta del Sordo antes de que arrancaran las Pinturas negras. En aquella imagen aún se distinguía lo que el animal estaba mirando: dos pájaros revoloteando en lo alto. La restauración los hizo desaparecer. El cuadro más enigmático del Prado era, en realidad, un señor de setenta y cuatro años pintando a un perro feliz mirando volar a unos pajaritos.
Casi todo lo que sigue funciona igual. La historia de los grandes personajes y sus perros está llena de detalles que se han ido perdiendo, malinterpretado o adornando con el tiempo. Hay un emperador alemán enterrado al lado de once podencas. Un poeta romántico que limpió la baba de un perro rabioso con la mano desnuda. Una reina escondiendo un terrier bajo las faldas en el patíbulo. Y un carlino que mordió a Napoleón en su noche de bodas y le dejó una cicatriz para siempre. Doce escenas verificadas, lo bastante documentadas como para contarlas sin inventar ni una palabra.
¿Por qué tantos reyes, escritores y científicos quisieron a sus perros más que a casi nadie?
Hay un patrón que se repite. Personajes con relaciones humanas complicadas (Federico el Grande con su padre maltratador, Byron con media Inglaterra en contra, Freud huyendo del nazismo) volcaron en sus perros una intensidad emocional que rara vez se permitían en otros vínculos. No es una teoría romántica. La biografía de Tim Blanning sobre Federico el Grande (2015) documenta que el rey enviaba un correo desde el frente, cada día, para que le informaran del estado de salud de un perro enfermo. Sigmund Freud escribió de su chow chow Jofi: «los perros aman a sus amigos y muerden a sus enemigos, a diferencia de las personas, incapaces de amor puro y que siempre mezclan amor y odio en sus relaciones objetales». Le habría salido un libro entero solo de eso.
A esa intensidad se sumaba una pulsión más práctica. Antes de la fotografía, retratarse con un perro al lado era una declaración de identidad. Lealtad, vigilancia, autocontrol, estatus, gusto refinado o pulso de cazador. Por eso aparecen podencas italianas en cien retratos cortesanos europeos del XVII y XVIII, mastines en los retratos de los Habsburgo, y por eso Hogarth se autorretrató en 1745 con su carlino Trump en primer plano, casi imitando su propia cara. Si hoy te haces un selfie con tu perro y lo subes a Instagram, estás haciendo exactamente lo mismo que el emperador Carlos V con Tiziano en 1533. Solo que sin Tiziano.
Carlos V y la perra inglesa que viajó por tres países en cuatro siglos (1533)
A Carlos V, emperador de medio mundo, le encantaban los perros grandes. En 1533, Tiziano lo retrató en Bolonia de cuerpo entero, con la mano izquierda apoyada en el lomo de un perrazo y la derecha en el pomo de la daga. El cuadro está en la sala 24 del Prado y mide casi dos metros de alto: si entras a verlo, el perro te llega prácticamente a la cintura.
El detalle curioso es que ese perro era, en realidad, una perra. Lo apuntó Jacob Seisenegger, otro pintor que retrató al emperador con el mismo animal un año antes, y que en su correspondencia con Fernando de Austria especifica que era «de raza inglesa». Los expertos en cinofilia histórica creen que se parecía bastante a los mastines de guardia de ganado que aún se ven en muchos pueblos castellanos. Algunos autores apuntan que se llamaba Sampere, aunque la fuente es tardía y no del todo fiable.
Lo extraordinario es la odisea del cuadro. Aparece en los inventarios del Alcázar de Madrid en 1600. En 1623, Felipe IV se lo regaló a Carlos I de Inglaterra (un Habsburgo regalando a un Estuardo el retrato oficial de su abuelo: un gesto político calculadísimo). Cuando en 1649 los parlamentarios cortaron la cabeza al rey inglés y subastaron sus bienes, el embajador español Alonso de Cárdenas recompró el lienzo el 8 de agosto de 1651 y se lo llevó de vuelta a Madrid. La perra inglesa había cruzado el Canal de la Mancha dos veces sin moverse del cuadro.
María Estuardo y el perro escondido bajo las faldas (1587)
Robert Wynkfield, testigo presencial, lo dejó por escrito. El 8 de febrero de 1587, en el castillo de Fotheringhay, cuando el verdugo se disponía a retirar la falda de María Estuardo (recién decapitada en su tercera intentona, porque al primer hachazo solo le acertó la nuca), descubrió un perro pequeño que había viajado oculto bajo las enaguas durante toda la subida al patíbulo. El animal se negó a moverse del cadáver. Se tumbó entre la cabeza separada y los hombros, empapado en sangre. Lo retiraron a la fuerza, lo lavaron y lo entregaron a una princesa francesa con la condición de sacarlo del reino.
La fuente primaria no especifica la raza. La tradición habla de un Skye terrier, otros relatos de un perrito blanco que apuntaría a un maltés (la propia María era conocida por sus malteses durante el cautiverio inglés). El nombre «Geddon» o «Armageddon» que circula por internet no aparece en las fuentes del XVI. Apareció siglos después, probablemente en alguna novela histórica, y de ahí pasó al folclore. Que conste.
Federico el Grande, sus podencas y el funeral más raro del XVIII (1740-1991)
A las podencas italianas favoritas de Federico II de Prusia (rey filósofo, militar implacable, amigo de Voltaire hasta que se pelearon a gritos), las llamaba «mis marquesas de Pompadour» en burla a la amante del rey francés. Tuvo entre cuarenta y ochenta a lo largo de su vida. Su orden a la servidumbre era inequívoca: a las podencas se las trataba de Sie, el «usted» alemán, nunca de du. Es decir, en Sanssouci había personas humanas a las que se podía tutear, y podencas que requerían fórmula formal.
Su preferida se llamaba Biche. Pesaba, según los registros, alrededor de 1,75 kilos. Para hacerse una idea: una bolsa de azúcar grande. En la Guerra de los Siete Años, Federico la metió en su mochila para cruzar líneas enemigas. Cuando Biche murió en 1752, en plena Sala de Conciertos del palacio, el rey escribió a su hermana Wilhelmine: «me avergüenza que la muerte de un perro me afectara tan profundamente». No paró de escribirle cartas en las que se hacían pasar el uno por el otro por sus respectivos perros. La condesa Alcmene, otra podenca posterior, fue enterrada en la misma cripta que el rey, honor que ningún ser humano compartió con él.
Cuando Federico murió en 1786, dejó por escrito su última voluntad: que lo enterraran en la terraza de Sanssouci, al lado de las tumbas de sus once podencas, sin pompa. Su sobrino y heredero, Federico Guillermo II, ignoró el deseo y lo enterró en la iglesia de la guarnición. Tuvieron que pasar doscientos cinco años para cumplir el testamento. La noche del 17 de agosto de 1991, ya con Alemania reunificada, el ataúd fue trasladado al fin a la terraza de los perros. Hoy los visitantes le dejan patatas en la lápida, porque fue Federico quien las introdujo en Prusia. La tradición sigue.
Lord Byron y Boatswain, el terranova al que dedicó la tumba más cara de Newstead (1808)
Byron tenía veinte años cuando su terranova Boatswain contrajo la rabia. Lo cuidó él mismo durante semanas, secándole la baba con la mano desnuda y sin guantes, como cuenta su biógrafo Thomas Moore. Hoy sabemos que el contagio se produce precisamente así. Por pura suerte (o pura inmunidad innata) Byron no se infectó.
Boatswain murió el 18 de noviembre de 1808. Byron, endeudado hasta el cuello, encargó para él un mausoleo de mármol en Newstead Abbey, el más grande de toda la finca. Más grande, de hecho, que la tumba que él mismo tendría dieciséis años después. Pidió que lo enterraran junto al perro: se lo denegaron porque para entonces la abadía ya tenía nuevo dueño. El epitafio en prosa del monumento (atribuido durante dos siglos al propio Byron, hoy se piensa que es obra de su amigo John Cam Hobhouse) es una de las frases más citadas sobre perros en la literatura inglesa.
Lee la historia completa de Lord Byron y Boatswain
Josephine Bonaparte, Napoleón y un carlino con muy mal carácter (1796)
El 9 de marzo de 1796 se celebró el matrimonio civil de Napoleón Bonaparte y Joséphine de Beauharnais. Napoleón llegó dos horas tarde, primer mal arranque. Esa misma noche, Fortuné, el carlino de Joséphine, mordió en la pantorrilla al recién casado cuando este se metió en la cama, segundo mal arranque. La cicatriz le duró toda la vida. Joséphine pasó el resto de la noche aplicándole compresas a su marido, que se quejaba de que «se moría de hidrofobia». No murió de eso.
Lo que pocos saben es que aquel carlino tenía currículum previo. Cuando Joséphine había estado encerrada en la prisión de Les Carmes durante el Terror, en 1794, Fortuné era el único correo entre ella y sus dos hijos, llevando los mensajes ocultos bajo el collar. Murió en una pelea con el mastín del cocinero, en la residencia de Montebello. Joséphine, desolada, consiguió otro carlino. Una mañana, el cocinero le pidió perdón a Napoleón por lo ocurrido. La respuesta del emperador, recogida por sus biógrafos: «Suéltelo otra vez. A ver si me libra también de este».
Lee la historia del carlino en la realeza europea, de Pompey a Hogarth
Sigmund Freud y los chow chow en la consulta de Berggasse (1928-1939)
A Sigmund Freud no le habían interesado los perros hasta los setenta años. Cambió en 1925, cuando su hija Anna trajo a casa a un pastor alemán llamado Wolf. En 1928 le regalaron su primer chow chow, Lün-Yu. Tras la muerte temprana de este (lo atropelló un tren en la estación de Salzburgo, accidente que le costó a Freud siete meses de duelo), llegó Jofi, la perra que se hizo famosa por estar presente en las sesiones de psicoanálisis durante los años treinta.
Freud la utilizaba como un termómetro emocional. Si Jofi se tumbaba cerca del paciente, lo interpretaba como signo de relajación. Si se alejaba o arañaba la puerta para salir, hacía bromas del estilo «a Jofi no le gusta lo que está diciendo usted». Su hijo Martin contaba que el padre no consultaba el reloj porque Jofi se levantaba y se desperezaba exactamente cuando la sesión de cincuenta minutos terminaba. Llegaba puntual como un funcionario austriaco. La poeta Hilda Doolittle, paciente de Freud, llegó a quejarse en sus memorias de que «el Profesor estaba más interesado en Jofi que en mi historia». Probablemente es el primer caso documentado de terapia asistida con perro, aunque Freud nunca lo teorizó como tal.
Cuando los Freud huyeron de Viena en 1938, llevaron consigo al último chow, Lün. Las leyes británicas obligaron a cuarentena de seis meses. El reencuentro entre Freud y Lün en Londres, en diciembre de ese año, llegó a portada del Daily Mail.
Goya, Perro semihundido y la fotografía que rescató una sonrisa (1819-1823)
Francisco de Goya compró en 1819 una finca a las afueras de Madrid, junto al Manzanares, conocida como la Quinta del Sordo. Tenía setenta y tres años, había sobrevivido a una enfermedad que lo había dejado prácticamente sin oído, y se aisló a pintar directamente sobre los muros de la casa. Las catorce pinturas que salieron de allí, las Pinturas negras, son las obras más radicales de toda la historia del arte español.
La más enigmática es la que ya conoces: Perro semihundido. La cabeza del animal asoma sobre un talud ocre, sola en un fondo inmenso y vacío. Antonio Saura, pintor del siglo XX, dijo de él que era «el cuadro más bello del mundo» y le dedicó una serie entera de homenajes. Para generaciones de visitantes del Prado, ha sido la metáfora definitiva de la angustia existencial.
Hasta que en 1874, antes de que arrancaran la pintura del muro para venderla, Jean Laurent la fotografió. En aquella imagen aún se distinguía la parte superior, perdida después en el traslado: una gran roca y, sobre ella, dos pájaros revoloteando. El perro no mira al vacío. Mira a unos pájaros. La interpretación funesta se vino abajo en cuanto un investigador, Carlos Foradada, lo confirmó en 2010 con un nuevo análisis de la fotografía. La Quinta del Sordo fue demolida en 1909. Hoy, en el lugar exacto donde Goya pintó esa escena, hay un edificio de viviendas con una placa pequeña en la fachada.
Victoria del Reino Unido: 88 perros, 32 razas y la primera mecenas de Battersea (1837-1901)
Durante sus sesenta y cuatro años de reinado, Victoria mantuvo más de seiscientos animales entre sus residencias, con un núcleo de hasta cincuenta y cinco perros simultáneos en las perreras reales de Windsor. Su primer favorito fue Dash, un cavalier King Charles regalado cuando ella tenía once años, al que bañó personalmente el mismo día de su coronación en 1838. Una reina recién coronada, con la corona aún brillando, bañando a su spaniel. Hay miniaturas de la escena en la Royal Collection.
Tres animales merecen mención aparte. Sharp, un collie barbudo escocés, fue su compañero entre 1866 y 1879 y aparece en una decena de fotografías oficiales. Looty, una pequinesa, llegó al Reino Unido en 1861 como botín de guerra: el capitán John Hart Dunne la había sacado del Palacio de Verano de Pekín tras el saqueo de octubre de 1860, en la Segunda Guerra del Opio. El nombre, en inglés looty, viene de loot, «botín». Friedrich Wilhelm Keyl la pintó al óleo en 1865 y el cuadro sigue en la Royal Collection. Turi, un pomerania de menos de tres kilos, estuvo sobre las rodillas de la reina en su lecho de muerte, en Osborne House, el 22 de enero de 1901.
Su empeño personal con el pomerania (que había importado desde Florencia en 1888) tuvo un efecto medible. En Crufts de 1891 se presentaron seis pomeranias de la perrera real, y la raza pasó de los doce kilos habituales en su Alemania de origen a los tres o cuatro de hoy. Si tu vecina lleva un pomerania mini en bolso por la Castellana, agradéceselo, indirectamente, a la reina Victoria.
Picasso y Lump: el teckel que se cuela en Las Meninas (1957)
A Pablo Picasso, malagueño aunque viviera en Francia desde 1904, le gustaban los perros grandes y un poco extravagantes: galgos afganos, dálmatas, bóxers. Hasta que en abril de 1957 el fotógrafo estadounidense David Douglas Duncan apareció en su villa de Cannes con un teckel llamado Lump (que en alemán significa «pillo»). Lump entró, le puso las patas en los muslos al pintor en plena comida, le dio un beso y decidió que aquel era su sitio. Picasso ratificó la decisión. Se quedó seis años.
Cuatro meses después, Picasso empezó una serie de cincuenta y ocho variaciones sobre Las Meninas de Velázquez, hoy en el Museu Picasso de Barcelona. En cuarenta y cinco de esas pinturas, el mastín gigante que el sevillano había puesto en primer plano en 1656 aparece sustituido por Lump. Tres siglos y medio entre los dos perros, un mismo país, dos museos a 600 kilómetros de distancia.
Lee la historia completa de Picasso y Lump
Doce historias, una conclusión inevitable
Si has llegado hasta aquí, habrás visto un patrón. Los grandes personajes históricos no querían a sus perros porque fuese sentimental, ni porque fuese rentable, ni siquiera porque fuese moda. Los querían porque, en una vida de poder, de exilio, de censura o de soledad, eran lo único que no les exigía nada a cambio. Federico el Grande lo resumió en 1752: una persona que no se conmueve con la muerte de un animal leal tampoco se conmoverá con la de un compañero humano. Doscientos setenta años después, sigue siendo la frase más exacta sobre el tema.
Tabla resumen: doce personajes, doce perros
| Personaje | Perro | Raza | Año / contexto |
|---|---|---|---|
| Carlos V | Perra «inglesa» (¿Sampere?) | Tipo mastín | 1533, retrato de Tiziano |
| María Estuardo | Sin nombre verificado | Skye terrier o maltés (debatido) | 8 feb 1587, ejecución |
| Federico II de Prusia | Biche, Alcmene y otras 9 | Podenco italiano | 1740-1786, Sanssouci |
| Lord Byron | Boatswain | Terranova | 1803-1808, Newstead Abbey |
| Joséphine Bonaparte | Fortuné | Carlino | 1790s, durante el Terror y el matrimonio |
| Reina Victoria | Dash, Sharp, Looty, Turi | Cavalier, collie, pequinés, pomerania | 1830-1901 |
| Goya | Perro semihundido | Sin identificar | 1819-1823, Pinturas negras |
| Sigmund Freud | Jofi, Lün, Lün-Yu | Chow chow | 1928-1939, Viena y Londres |
| Pablo Picasso | Lump | Teckel | 1957-1963, La Californie |
Otros nombres que merecen un artículo propio
Hay seis historias más que abrirán los próximos artículos del cluster histórico:
- Guillermo de Orange y Pompey (1572): el perrito que habría salvado al fundador de los Países Bajos de un atentado de los hombres del duque de Alba durante el sitio de Mons. La identificación como carlino está disputada (algunos autores apuntan al Kooikerhondje). Lo trata el artículo del carlino en la historia.
- Alejandro Magno y Peritas (siglo IV a. C.): Plutarco y Plinio mencionan al perro favorito del macedonio. Las fuentes mezclan dato y leyenda; conviene tratarlo con pinzas.
- Mozart, Pimperl y Bimperl: dos perros pequeños, probablemente terriers. Las cartas familiares de los Mozart mencionan a Pimperl con cariño en varias ocasiones.
- Charles Darwin y Polly: una terrier blanca con una mancha que el naturalista heredó de su hija Henrietta en 1872. Aparece como animal observado en La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872).
- Franklin D. Roosevelt y Fala: el scottish terrier que viajaba en el coche presidencial y que protagonizó uno de los discursos más recordados de la Segunda Guerra Mundial (el «Fala speech» de 1944).
- Federico García Lorca y los perros de la Huerta de San Vicente: las fotografías familiares en Granada lo retratan junto a varios perros mestizos.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es el perro de un personaje histórico mejor documentado?
Probablemente Boatswain, el terranova de Lord Byron. Su tumba en Newstead Abbey, el epitafio en piedra, las cartas del poeta a Francis Hodgson del 18 de noviembre de 1808 y los registros parroquiales de la abadía permiten verificar prácticamente cada detalle. En segundo lugar, Jofi, la chow chow de Freud, fotografiada decenas de veces y mencionada en los diarios y la correspondencia del psicoanalista.
¿Qué perros aparecen retratados en el Museo del Prado?
Sin ser exhaustivos: la perra inglesa de Carlos V (Tiziano, 1533), múltiples mastines en la obra de Velázquez (incluido el dogo de Las Meninas, 1656), el perro semihundido de Goya (1819-1823) y los perros de los retratos ecuestres reales. El Prado tiene más perros que muchos refugios, y todos suficientemente identificados como para hacer una visita temática.
¿De verdad Napoleón fue mordido por un carlino en su noche de bodas?
Sí. La fuente directa es el propio Napoleón, recogida por el dramaturgo Antoine-Vincent Arnault y citada en The Pug Who Bit Napoleon, de Mimi Matthews (2018). La cicatriz le duró hasta el día de su muerte en Santa Helena.
¿Qué hay de cierto en la historia del perro de María Antonieta llamado Mops?
La existencia de un carlino al que la archiduquesa habría llamado Mops en su infancia austriaca es plausible: «mops» en alemán significa, simplemente, «carlino». Lo que está mejor documentado es que pidió que le enviaran un carlino a Versalles, lo que efectivamente ocurrió. La escena cinematográfica del perro arrancado de sus brazos en la frontera francesa, en cambio, no aparece en las fuentes contemporáneas y parece una invención del siglo XX, probablemente derivada de una mala traducción.
¿Cuál es la diferencia entre este artículo pillar y los específicos de cada personaje?
Aquí encontrarás resúmenes documentados y enlaces a la versión completa. Los artículos hijos profundizan en una historia concreta (un personaje y su perro, o una raza y los personajes que la marcaron) con detalle, anécdotas adicionales, fichas técnicas y bibliografía específica.
Fuentes consultadas
- Museo Nacional del Prado, ficha de 'El emperador Carlos V con un perro' de Tiziano (1533, P00409)
- Museo Nacional del Prado, ficha de 'Perro semihundido' de Goya (1819-1823, P00767)
- Torrecillas Fernández, M. C. (1992), 'Las pinturas de la Quinta del Sordo fotografiadas por J. Laurent', Boletín del Museo del Prado, tomo XIII, núm. 31
- Blanning, T. (2015), Frederick the Great: King of Prussia, Allen Lane
- Freud Museum London, 'Freud at Home with his Dogs' (2020) y archivo fotográfico IN/0123
- Royal Collection Trust, fichas de Looty (Friedrich Wilhelm Keyl, 1865, RCIN 405688) y de Turi con la reina Victoria en el carruaje (1895)
- Wynkfield, R., relación contemporánea de la ejecución de María Estuardo (8 de febrero de 1587), recogida en The Tudor Society
- Northern Newfoundland Club, archivo histórico sobre Boatswain y Lord Byron en Newstead Abbey
- Matthews, M. (2018), The Pug Who Bit Napoleon: Animal Tales of the 18th and 19th Centuries, Pen & Sword
- Duncan, D. D. (1958), The Private World of Pablo Picasso, Ridge Press
- Genosko, G. (1993), introducción a Topsy: The Story of a Golden-Haired Chow, de Marie Bonaparte