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Jofi, el chow chow de Freud: el perro que se sentaba en las sesiones

Jofi, el chow chow de Sigmund Freud, asistía a las sesiones de psicoanálisis. Freud observó que los pacientes se relajaban con el perro presente, un apunte temprano hacia la terapia asistida con animales.

· Actualizado 4 de junio de 2026

A finales de los años veinte, en el consultorio del padre del psicoanálisis vienés, había un detalle que casi ningún paciente esperaba: un perro tumbado en el suelo durante toda la sesión. No era un adorno ni una excentricidad sin más. Sigmund Freud se dio cuenta de que sus pacientes hablaban con más soltura cuando el animal estaba en la habitación, y ese perro, una chow chow llamada Jofi, terminó pasando a la historia como uno de los primeros casos documentados de lo que hoy llamamos terapia asistida con animales.

Cómo llegó Jofi a la consulta de Freud

Freud descubrió a los perros tarde, ya pasados los setenta años. Su primera relación intensa con la raza llegó cuando recibió una chow chow llamada Lün-Yu. El animal murió en 1929, atropellado por un tren, y poco después entró en casa su hermana de camada: Jofi.

El nombre tiene su gracia. Freud, que dominaba el hebreo, llamó a la perra Jofi (יופי), que significa "belleza". A partir de ese momento, la chow se convirtió en una presencia constante en el despacho de la Berggasse 19 de Viena, primero, y más tarde durante el exilio.

Conviene situar el contexto. En los años treinta Freud ya arrastraba el cáncer de mandíbula que lo acompañó casi dos décadas y que le causaba dolores constantes. La compañía del perro, tranquila y poco exigente, encajaba con un hombre mayor y enfermo que pasaba muchas horas escuchando.

El perro que se quedaba durante las sesiones

Lo llamativo es que Jofi no esperaba fuera. Se quedaba en la sala mientras el paciente se tumbaba en el famoso diván y hablaba. Y Freud, observador minucioso por oficio, empezó a fijarse en lo que ocurría.

Su conclusión, recogida en la literatura sobre los orígenes de la terapia asistida con animales, fue que la presencia del perro ayudaba porque el paciente comprobaba que su discurso no escandalizaba ni perturbaba al animal. Esa indiferencia tranquila resultaba reaseguradora: si lo que cuento no inquieta al perro, quizá tampoco sea tan terrible decirlo en voz alta. El efecto era más marcado con niños y adolescentes, que se abrían antes ante un perro que ante el médico.

Hay aquí una intuición que la psicología tardaría décadas en formalizar: la presencia de un animal neutral baja las defensas y facilita que una persona se exprese. Freud no lo planteó como técnica ni montó un protocolo alrededor, pero dejó constancia de que el fenómeno existía.

Jofi como termómetro emocional

Freud fue más allá de la mera compañía y empezó a leer a sus pacientes a través del comportamiento de la perra. Según los relatos conservados, Jofi se situaba más cerca o más lejos del diván dependiendo del estado del paciente: tendía a acercarse a quien estaba calmado y a mantener distancia con quien llegaba tenso o agitado.

El psiquiatra estadounidense Roy Grinker, que se analizó con Freud, dejó una de las anécdotas más citadas. Cuando Jofi se levantaba y rascaba la puerta para salir, Freud comentaba en tono medio jocoso: "A Jofi no le gusta lo que estás diciendo". Y cuando la perra volvía a entrar: "Jofi ha decidido darte otra oportunidad". Detrás de la broma había una idea seria, la de usar las reacciones del animal como un espejo más del clima emocional de la sala.

Existe incluso la versión, transmitida como parte de la leyenda familiar, de que Freud valoraba la actitud de Jofi ante un candidato a paciente. Esta parte conviene tomarla con cautela: pertenece más a la anécdota que a la doctrina, y nada indica que Freud rechazara análisis basándose en un perro. Lo que sí está bien documentado es su atención sistemática a cómo se comportaba el animal durante el trabajo.

El reloj de cuatro patas

La historia que más ha viajado es la del cronómetro canino. Se cuenta que Jofi se levantaba y bostezaba hacia el final de la hora de sesión, marcando con notable precisión el momento de terminar, hasta el punto de que Freud apenas necesitaba mirar el reloj.

Es una imagen encantadora y sin duda exagerada con el tiempo, como pasa con todas las buenas anécdotas. Lo plausible detrás de ella es algo bien conocido por cualquiera que conviva con un perro: los animales captan rutinas y ritmos diarios, y una sesión de duración fija acaba generando un patrón que el perro anticipa. Que Jofi "supiera" cuándo acababa la hora dice menos de matemáticas caninas y más de la capacidad de los perros para sincronizarse con los hábitos de su persona.

Una semilla de la terapia asistida con animales

Aquí es donde la historia de Jofi deja de ser una curiosidad biográfica y entra en la historia de la psicología. Freud no inventó la terapia con animales ni la teorizó, pero su observación, la de que un perro presente relaja al paciente y facilita la palabra, es uno de los antecedentes que se citan al trazar los orígenes del campo.

El paso de la intuición a la disciplina llegó décadas más tarde. El psicólogo infantil Boris Levinson suele señalarse como figura clave: en 1961 documentó cómo su propio perro favorecía la comunicación con niños difíciles de tratar, y popularizó la idea del animal como una especie de coterapeuta. A partir de ahí la terapia asistida con animales se fue estructurando como práctica reconocida.

Los precedentes, eso sí, son más antiguos que el propio Freud. El York Retreat, un centro inglés para enfermos mentales fundado en 1792 por el cuáquero William Tuke, ya permitía a los internos cuidar pequeños animales como parte del tratamiento. Y la enfermera Florence Nightingale observó en el siglo XIX el efecto beneficioso de las mascotas en personas enfermas. Jofi se inscribe en esa larga línea, con el añadido de un protagonista célebre y un consultorio de psicoanálisis como escenario.

La familia canina de Freud y el libro sobre otra chow

Jofi no fue el único perro de la órbita freudiana, y la raza tampoco fue casualidad. La princesa Marie Bonaparte, psicoanalista, alumna y amiga de Freud (y pieza decisiva en su huida de la Viena nazi en 1938), también tenía una chow chow, llamada Topsy.

Cuando a Topsy le diagnosticaron un tumor, Bonaparte escribió un libro sobre la enfermedad y la convivencia con su perra, Topsy. Chow-chow au poil d'or. Sigmund y su hija Anna Freud lo tradujeron al alemán en 1938, por afecto a la autora y por amor compartido a los perros. Que dos figuras centrales del psicoanálisis dedicaran su tiempo a verter al alemán un libro sobre una chow chow enferma dice bastante del lugar que estos animales ocupaban en aquel círculo.

La propia Jofi murió en enero de 1937, tras una operación para extirparle un quiste. Freud, ya muy enfermo, lo vivió con tristeza serena. Acabaría falleciendo en Londres en 1939, en el exilio que Marie Bonaparte había ayudado a hacer posible.

El chow chow: ficha de la raza

Más allá de la anécdota histórica, conviene conocer la raza que acompañó a Freud, porque el chow chow tiene un carácter muy particular y poco apto para quien busca un perro complaciente.

  • FCI: grupo 5 (perros tipo spitz y primitivos), sección 5 (spitz asiáticos y razas emparentadas). País de origen, China.
  • Antigüedad: la propia FCI señala que el chow chow es conocido en China desde hace más de 2.000 años, donde se empleó como perro guardián y de caza. Es una de las razas con raíces más antiguas.
  • La lengua azul: su seña de identidad más famosa es la lengua de color azul oscuro, casi negro-azulado. El estándar FCI la describe como característica, y el chow es prácticamente el único perro con esa pigmentación en lengua y boca.
  • Aspecto: cuerpo compacto y robusto, porte digno y leonino, cola sobre el lomo y un manto doble muy denso, que puede ser de pelo largo (rough) o corto (smooth). Su andar rígido y peculiar lo distingue de un vistazo.
  • Carácter: el estándar FCI lo resume en pocas palabras: "perro tranquilo, buen guardián, independiente, leal, pero distante". Es reservado con los extraños, muy apegado a su familia y nada dado a la obediencia automática. Necesita socialización temprana y un trato respetuoso de su independencia.
  • Esperanza de vida: en torno a 8-12 años según las referencias veterinarias y cinológicas, con variación según la línea y los cuidados.
  • Salud: como toda raza muy tipificada, arrastra predisposiciones a vigilar, entre ellas problemas oculares como el entropión y la displasia de cadera. Una revisión veterinaria regular es lo razonable.

Lo que Jofi sigue enseñando

La historia de Freud y Jofi gusta porque humaniza a una figura intimidante. El hombre que diseccionó la mente humana se dejaba acompañar, día tras día, por una chow chow terca y distante que se tumbaba junto al diván. Pero hay algo más que ternura en el relato.

Freud observó, sin pretender fundar nada, que un perro presente cambia el ánimo de una habitación y suelta la lengua de quien sufre. Esa observación, hecha por un clínico atento hace casi un siglo, sigue vigente cada vez que un perro entra en un hospital, una residencia o un aula de educación especial. Jofi no curó a nadie. Pero ayudó a que la gente hablara, que en psicoanálisis es media batalla ganada.

Fuentes consultadas

  • Jofi - Wikipedia (en.wikipedia.org/wiki/Jofi)
  • Animal-assisted therapy - Wikipedia (en.wikipedia.org/wiki/Animal-assisted_therapy)
  • FCI Standard N. 205 Chow Chow, 13.10.2010 (fci.be)
  • American Kennel Club, Chow Chow Dog Breed Information (akc.org/dog-breeds/chow-chow)
  • Marie Bonaparte, Topsy. Chow-chow au poil dor - Freud Museum London (freud.org.uk)